Mújica en la ONU

Discurso de José Mujica en la ONU: un llamado urgente a repensar la civilización

En su intervención ante la Asamblea General de las Naciones Unidas, el expresidente uruguayo José Mujica ofreció una de las más lúcidas y valientes críticas a la lógica que rige el mundo contemporáneo. Con un tono sereno pero firme, entrelazó su historia personal con una visión ética y política profundamente comprometida con la vida, la dignidad humana y el porvenir de la especie.

Desde el inicio, Mujica reivindicó su origen como hombre del Sur, heredero de injusticias coloniales y de una historia de luchas por la igualdad. Asumió sus errores del pasado como militante revolucionario, pero reafirmó su pasión por una utopía de humanidad libre y justa, ahora canalizada en la búsqueda de un mundo mejor que quizás él ya no vea, pero que las nuevas generaciones deben construir.

El desafío de una civilización en crisis

Mujica denunció el sistema actual como una civilización del despilfarro, regida por el «Dios Mercado» que ha colonizado todas las esferas: desde la política hasta la intimidad. Alertó que el modelo de consumo que se impone globalmente es ecológica y humanamente inviable: para que todos consumieran como el norteamericano promedio, necesitaríamos tres planetas.

Este modelo, dijo, sacrifica la libertad en nombre del confort material. El tiempo para el amor, la contemplación o la vida comunitaria es reemplazado por el trabajo permanente para sostener un consumo creciente y efímero. Las selvas naturales son sustituidas por «selvas de cemento», y la biología de la vida es desplazada por el hiperconsumo funcional a la acumulación.

Una política subordinada

Para Mujica, el gran drama de nuestra época es la impotencia de la política frente al poder económico y financiero. Los gobiernos se entretienen con luchas de poder mientras delegan sus funciones fundamentales, olvidando que la política debería ser la gran organizadora de la vida colectiva. Criticó que hasta lo innegociable se convierta en objeto de mercado —desde nacimientos hasta funerales— y que la publicidad invada la conciencia desde la infancia.

El mundo necesita reglas globales

Mujica exigió consensos planetarios en torno a temas como el cambio climático, el uso del agua, la producción de bienes duraderos, la justicia social y la paz. Propuso una nueva alianza entre la alta política y la sabiduría científica, que supere el egoísmo de las grandes potencias y devuelva a las instituciones internacionales como la ONU una verdadera capacidad de acción.

Denunció que los grandes foros internacionales a menudo sirven más a hoteles y aerolíneas que a los pueblos, y que la ONU «vegetaba a la sombra consentida» de las grandes potencias, sin representar la democracia que los pueblos del mundo merecen. Para Mujica, los pequeños países aportan soldados para misiones de paz, pero carecen de voz en las decisiones globales.

El riesgo de no cambiar

En un diagnóstico sombrío, alertó que la humanidad se acerca a un abismo. Las guerras, el fanatismo, el odio y el gasto militar (2 millones de dólares por minuto) reflejan un mundo desorientado. Si no se actúa pronto, la naturaleza podría «llamar al orden» y hacer inviable esta civilización. Denunció que la codicia individual ha triunfado sobre la necesidad colectiva, y que la cultura no ha acompañado el salto tecnológico.

Sin embargo, también sostuvo que el potencial humano es inmenso. Si se razona como especie, la humanidad puede transformar desiertos, cultivar el mar, utilizar la energía solar, y hasta llevar la vida más allá de la Tierra. Pero para eso —advirtió— debemos gobernarnos a nosotros mismos o sucumbir.

Una conclusión con esperanza

Mujica cerró su discurso recordando que la vida humana es un milagro, y que nada vale más que ella. Nuestra primera obligación no es acumular, sino respetar, cuidar y multiplicar la vida. Reclamó un cambio cultural que nos permita superar el desperdicio de tiempo, el consumo sin sentido y el individualismo que fragmenta a la especie. Y lo hizo con la lucidez de quien ya no busca votos, pero aún cree —con humildad y firmeza— que la especie humana es «nosotros», y solo juntos podremos salvarnos.

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