El «fenómeno Mujica» se construyó sobre la base de un estilo político singular que rompió con muchos de los moldes tradicionales. Su carisma personal, su lenguaje popular, directo y a menudo salpicado de metáforas y expresiones coloquiales, junto con una imagen de austeridad y cercanía con la gente común, fueron elementos fundamentales que explican su profunda conexión con las bases populares y, en particular, con un sector importante de la juventud uruguaya. Su pasado como guerrillero tupamaro y los largos años de prisión en condiciones inhumanas le confirieron una suerte de mística y una autoridad moral que resonaron fuertemente en un electorado que, en parte, había vivido o heredado la memoria de las convulsiones sociales y la represión de las décadas anteriores.
Mujica supo capitalizar el descontento social y la desconfianza hacia la clase política tradicional, presentándose no como un político más, sino como una figura auténtica, capaz de comprender y expresar las aspiraciones de los sectores más postergados. Su discurso, que combinaba los ideales históricos de la izquierda con un llamado universal a una vida más simple, a la honestidad y a la empatía hacia el prójimo, trascendió las barreras ideológicas y caló hondo tanto en Uruguay como en el exterior.
No obstante, su trayectoria previa a la presidencia no estuvo exenta de cuestionamientos. Su pasado guerrillero, si bien fuente de admiración para algunos, generó una fuerte resistencia en sectores conservadores de la sociedad uruguaya y en aquellos que no perdonaban su participación en la lucha armada, considerándolo un «criminal» o un factor de división. Dentro del propio Frente Amplio, su ascenso y el del MPP como fuerza hegemónica no fueron un proceso lineal ni carente de tensiones. La consolidación del MPP como el sector más votado del FA en 2004 representó un desplazamiento del eje de poder tradicional de la izquierda uruguaya, históricamente más anclada en sectores urbanos e intelectuales, hacia una vertiente con un fuerte componente popular, con raíces en la militancia radical de los años 60 y 70, pero que había sabido adaptarse pragmáticamente a la institucionalidad democrática. Esta reconfiguración del mapa político interno del FA tuvo implicaciones directas en el tipo de liderazgo y en las políticas que la coalición impulsaría en sus sucesivos gobiernos. De hecho, de cara a las elecciones de 2009, el entonces presidente Tabaré Vázquez, una figura más moderada y proveniente de otra tradición dentro del FA, prefería a su Ministro de Economía, Danilo Astori, como su sucesor. Sin embargo, el arrollador apoyo popular de Mujica y la creciente fortaleza electoral del MPP lo posicionaron como el candidato natural e inevitable de la coalición, a pesar de las posibles reticencias internas.
Consciente de la necesidad de ampliar su base electoral y de moderar su imagen, especialmente ante los sectores más centristas y el electorado independiente, durante la campaña presidencial de 2009 Mujica buscó activamente distanciarse de las figuras más radicales de la izquierda latinoamericana de la época, como Hugo Chávez en Venezuela o Evo Morales en Bolivia, y prefirió alinearse con los modelos de centro-izquierda encarnados por Luiz Inácio Lula da Silva en Brasil o Michelle Bachelet en Chile. Esta estrategia discursiva fue clave para su triunfo electoral.