José Mujica a los jóvenes: una vida con sentido, una causa para vivir
En un emotivo y vibrante discurso ante un público mayoritariamente juvenil —probablemente universitario y en presencia del presidente argentino Alberto Fernández— José “Pepe” Mujica desplegó una reflexión profunda sobre el sentido de la vida, la libertad, la militancia y el compromiso con las grandes causas humanas.
Desde el inicio, Mujica se dirigió con afecto a quienes “podrían ser sus nietos”, reconociendo en la juventud una etapa vital para germinar utopías y soñar con un mundo mejor. Aunque advirtió que con el paso del tiempo los sueños tienden a desdibujarse bajo las presiones de la vida adulta —trabajo, deudas, exigencias—, sostuvo con firmeza que soñar es una condición fundamental del ser humano, porque vivir sin sueños es perder la brújula de la existencia.
Reivindicó la conciencia como lo que nos hace verdaderamente humanos. No se trata solo de existir, sino de darle sentido a la vida, de responder a la pregunta esencial: “¿Qué haces de tu vida?”. Para Mujica, la vida no puede reducirse a ser un “sujeto pagador de cuentas” ni confundirse con el tener. El mercado —denunció— ha colonizado incluso las emociones y las relaciones humanas, creando una cultura que empuja al consumo compulsivo y a la funcionalidad ciega.
Con preocupación, alertó sobre el “sartén gigante” que se está cocinando en el mundo: un holocausto ecológico, una amenaza real que deberá ser enfrentada por quienes hoy están en la juventud. Frente a ese desafío, les pidió no traicionar su etapa de vida y transformarla conscientemente en un compromiso.
Para Mujica, esa transformación exige voluntad y vida militante. Militancia no entendida solo en términos partidarios, sino como una forma de vida con una causa: vivir para algo más grande que uno mismo. Una vida con propósito implica dedicar tiempo, energía y sensibilidad a mejorar el destino colectivo. Reivindicó esta elección como una aventura existencial que puede dar plenitud.
Criticó con dureza la cultura contemporánea que confunde felicidad con posesión, que lleva a abandonar “las cosas más sagradas que son siempre las mismas y pocas”: el amor, la amistad, la ternura, la contemplación. Propuso, en cambio, una felicidad sobria, centrada en las cosas elementales y verdaderamente humanas.
Reivindicó el tiempo libre como una forma de libertad. No se trata de negar el valor del trabajo (“el que no trabaja vive a costa de otro”), sino de no perder de vista que la vida no es solo trabajar, sino asegurar espacio para lo que da sentido: los hijos, los afectos, la pareja, los amigos, la solidaridad.
Definió la libertad como “cuando gastás el tiempo de tu vida en lo que te motiva, sin perjudicar a otro”, y añadió que la felicidad también necesita un poco de entrega, de solidaridad. No basta con vivir para uno: hay que vivir para y con los demás.
Sobre Argentina, se mostró optimista: un país rico, aunque —admitió— su riqueza pueda ser también su maldición. Pero no depositó la esperanza en los recursos, sino en las personas: “Ustedes son responsables de lo que va a venir”, dijo con énfasis. No como una carga, sino como una invitación a la acción.
Finalizó con un mensaje que fue más allá del auditorio: pidió recordar a los que no pudieron estar allí, a los que viven en la pobreza, en los campos, en los socavones. Y concluyó con una frase que resume su filosofía:
“Ser universitario no es un privilegio, es una obligación de servir a su pueblo, no para oprimirlo.”
Un mensaje potente, cálido y urgente, que convoca a las nuevas generaciones no solo a formarse, sino a vivir con conciencia, con libertad, con ternura… y con causa.
