Una despedida serena

José Mujica: una despedida serena, una lección de vida

En su emotivo discurso de renuncia al Senado de la República, José “Pepe” Mujica se despidió con la sencillez y profundidad que lo caracterizan. Agradeció a la presidenta del cuerpo legislativo, al personal que lo acompañó durante sus 26 años en el Parlamento, y a sus colegas, incluso a aquellos con quienes mantuvo posturas enfrentadas, valorando el respeto mutuo como un legado a preservar en la vida política uruguaya.

Mujica explicó que su retiro no era un simple acto político, sino una necesidad impuesta por la pandemia. Su avanzada edad y una enfermedad inmunológica que le impide vacunarse lo alejaron de la actividad presencial, esencial para un senador. Con entereza, asumió que era tiempo de dar un paso al costado.

En uno de los momentos más íntimos de su alocución, reflexionó sobre el odio, sentimiento que —dijo— hace tiempo dejó de cultivar. Lo considera un obstáculo para la objetividad y la lucidez, una fuerza destructiva que degrada al ser humano. En cambio, reivindicó el amor como motor creativo y vital.

Con mirada crítica, abordó los desafíos del presente: la revolución digital, el uso creciente de tecnologías capaces de anticipar comportamientos, y el dilema entre la eficiencia y la pérdida de libertad e intimidad. Señaló que la política del futuro tendrá que enfrentarse a estos nuevos desafíos con valentía e inteligencia, recordando que la verdadera política es la lucha por la felicidad humana.

Mujica subrayó que en política no hay herencias personales, no hay sucesores, hay causas. Los nombres pasan, pero las ideas que tocan lo profundo de la sociedad pueden perdurar y transformarse. Por eso, abogó por ceder el paso a las nuevas generaciones, animándolas a construir el futuro con audacia y compromiso.

Con serenidad, recordó su dura trayectoria: los años de cárcel, el aislamiento, las privaciones. Pero lo hizo sin amargura. «No le tengo obligo a nadie», declaró, dejando claro que el rencor no tiene lugar en su alma.

En su mensaje final, dirigido especialmente a los jóvenes, dejó una enseñanza esencial: triunfar en la vida no es ganar, sino levantarse cada vez que se cae. Esa es, a su juicio, la verdadera victoria: la capacidad de empezar de nuevo, con dignidad y coraje.

Con gratitud y humildad, Mujica se despidió no solo de su banca, sino de una etapa de su vida pública, reafirmando con sus palabras lo que ha sido su ejemplo: una vida austera, comprometida y profundamente humana.

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