La vida como causa

La vida como causa: el mensaje de Pepe Mujica en Ecuador

En un emotivo discurso pronunciado en Ecuador tras recibir una distinción de manos del entonces presidente Rafael Correa, José “Pepe” Mujica —también en calidad de presidente pro tempore de UNASUR— compartió, con su estilo directo y entrañable, una profunda reflexión sobre el sentido de la política, la vida y la lucha colectiva en América Latina.

Desde el inicio, Mujica rehúye el protagonismo. Atribuye sus logros no al heroísmo, sino a la terquedad, la constancia y una sensibilidad encendida por las injusticias sociales. “No tengo vocación de héroe”, confiesa, “pero sí un fuego adentro contra la desigualdad”. Esa sinceridad marca el tono de todo su mensaje.

Insiste en que el ser humano es, por naturaleza, un animal social y político. Valora los avances civilizatorios —como el aumento de la esperanza de vida—, pero denuncia las profundas contradicciones que aún persisten: un mundo que despilfarra comida mientras millones pasan hambre; un planeta donde abundan fortunas colosales y se gastan dos millones de dólares por minuto en armamento, pero donde falta voluntad política para exigir más a quienes más tienen.

Con claridad, Mujica define a la política como el arte de optar entre decisiones que siempre benefician a unos y perjudican a otros. Por eso, afirma, la política debe estar del lado de los más débiles, porque solo así tiene sentido humano.

Uno de los pilares de su discurso es una afirmación sencilla y poderosa: el paraíso está aquí, en esta vida. No hay más tierra prometida que esta que habitamos, y la lucha no es por el más allá, sino por vivir mejor en el presente. La vida se escapa minuto a minuto, y no se puede comprar. Pero sí se puede orientar, decidir con qué valores se transita. Esa es, para Mujica, la libertad más profunda.

Nada vale más que la vida, insiste. Y en consecuencia, la gran causa es la felicidad humana. Una felicidad que no reside en los bienes acumulados ni en el confort perpetuo, sino en el sentido que damos a la existencia. El riesgo está en que el mercado, con su lógica de consumo infinito, nos robe ese sentido. “Si no hay conciencia —advierte—, la vida se convierte en una sucesión de cuotas mensuales por objetos que duran poco y satisfacen menos”.

A los jóvenes, les deja un mensaje esperanzador y desafiante: “imposible cuesta un poco más”. No hay derrotas definitivas, solo brazos que se bajan. Cada caída puede ser el inicio de un nuevo intento. La clave es el compromiso. La vida, recuerda, es antes que nada un acto de dar, de transmitir lo que se ha aprendido, de construir en común.

Con mirada regional, Mujica recorre la historia de Uruguay y América Latina, lamentando la persistencia de la desigualdad a pesar de la abundancia de recursos. Aun así, cree que es posible construir sociedades más justas, si comprendemos que el individuo no se basta a sí mismo: necesitamos de la comunidad, de una cultura común, de la integración de nuestros pueblos. La causa de América Latina —dice— debe ser la unidad con diversidad, una identidad compartida sin uniformidad.

Nuevamente, apela a la juventud: si quieren ser felices, abracen una causa, una idea en la que crean, y vivan para ella. No se dejen esclavizar por las promesas del mercado ni por la inercia del consumo. El futuro está abierto, pero dependerá de lo que sepamos construir juntos.

El discurso concluye con una nota íntima y serena. Mujica, cercano a su despedida, expresa respeto por las religiones no por dogma, sino por el servicio que prestan en el arte del bien morir. Reivindica el valor de lo utópico como motor del alma humana. Y lanza una última exhortación: ser irreverentes, mirarse al espejo y comprometerse con la realidad. Porque al final, el mundo se divide entre quienes se comprometen… y quienes no. Y de eso depende, en buena parte, su destino.

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