El 8 de marzo de 1985, con el ocaso de la dictadura cívico-militar y el amanecer de una nueva etapa democrática en Uruguay, José Mujica recuperó su libertad. Su liberación se produjo al amparo de la Ley N° 15.737, conocida como la Ley de Amnistía, que abarcaba los delitos políticos y conexos cometidos desde 1962. Para Mujica, ese día representó el momento de mayor felicidad en su vida, un sentimiento que, según sus propias palabras, superaba incluso la emoción de haber alcanzado la presidencia años más tarde.
La reinserción en la vida civil y política no fue inmediata ni sencilla. Una de sus primeras acciones tras salir de prisión fue la de procurar un espacio físico donde los compañeros recién liberados pudieran congregarse para reflexionar y definir los pasos a seguir. Este lugar fue un convento, que los acogió durante casi un mes, período en el cual se debatieron las estrategias futuras del movimiento tupamaro en el nuevo contexto democrático. Junto con otros exdirigentes y militantes del MLN-T, Mujica y sus compañeros optaron por abandonar definitivamente la lucha armada y encauzar su activismo a través de las vías políticas legales. Esta decisión implicó una apuesta por la lucha ideológica y la propuesta de una integración formal en el Frente Amplio, la principal coalición de izquierdas del país, un camino que ya había sido insinuado por Raúl Sendic poco antes de su fallecimiento.